Aprendí a amarla de muchas maneras, de muchas posturas y en mil sensaciones.

Porque amo cuando me busca las cosquillas y se sienta en mi espalda, abierta de piernas como quien busca la guerra para quedarse en paz.
Porque sonrío como un niño travieso cuando después de tanto rozársela, me susurra "por favor, métemela"...


Porque entre sus piernas el mundo no hace aguas de la misma manera, no importa lo que de allí fuera, no pesan tanto en los problemas y no duele tanto que el tiempo siga sin parar.
Porque las paredes nunca tuvieron tanta importancia como al verla contra ellas. Porque me agarro a sus piernas como un niño a la mano de su madre, sintiéndome seguro en medio del caos del desastre.
Porque su espalda se retuerce cuando nuestros labios se juntan, y después subo despacio hasta su boca.
Porque amo sus “berrinches”, sus "puf..." cuando se pone caliente.
Porque amo como me toca. Cómo me juega. Cómo me roza.
Porque me encanta la incertidumbre de no saber cuál será el camino que tome esta vez para llegar al mismo sitio al que siempre sabe volver.
Porque siento escalofríos cuando su saliva me deja marcado cada centímetro de piel.


Porque los gemidos también son amor, y también es poesía gritar de placer!
Porque se queda bocabajo al acabar y me abraza después.
Porque mi mano en su espalda abre camino al sueño jugando despacio a devolverla a su niñez. A sentirse mimada y protegida entre los brazos de hombre a los que tanto miedo le hicieron tener.
Porque me encanta apretarla fuerte hacia mí, como si sintiera que va a desaparecer, como si quisiera dejar la vida justo en ese gesto, en ese abrazo, dejando en su frente un beso mientras ella está soñando y yo imagino con qué. Porque no era amor en papel.
Porque removía algo tanto al abrazarme por la espalda, como al decirme "vamos cariño, quiero que te vengas".
Porque mierda!, yo quería estar allí. Sin más dudas que a qué hora despertarla con las manos a la espalda y mi boca dejando en su cuello el rastro de un buenos días por el que casi no dormí. 


Porque aprendí a amarla de muchas maneras, en muchas posturas y en mil sensaciones que no conocía antes de ella, y hubo algo que entendí.
Sea de la forma que sea, contra la pared o en mi espalda. Al despertarla o al verla dormir, al abrazarla cuando no lo espera.


Fuera como fuera, debía hacerla sonreír...

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